5 feb 2009

"EL HUMOR EN LA OBRA DE ROMÁN LEDO" POR JOSÉ ÁNGEL MONTEAGUDO

El día 4 de febrero de 2009, se celebró en Ibercaja Zentrum una conferencia sobre "El humor en la obra de Román Ledo", dentro del ciclo "Es lo que había: el humor de ayer en Aragón".

Esta conferencia fue impartida por el escritor José Ángel Monteagudo que nos habló de la literatura de Román, haciendo una semblanza del autor y un repaso por todas sus obras editadas.

Amadeo Cobas, el presentador del acto, se refirió a la grandeza de Román como persona y como escritor, a su fina ironía en el humor, y a los momentos de amistad compartidos con una persona cercana que le impresionó desde que tuvo la oportunidad de conocerlo.


El conferenciante, José Ángel Monteagudo, introdujo el acto realizando un recorrido por el humor, desde la antiguedad hasta nuestros días, desembocando en la literatura de Román. Citó referencias de otros autores (José Luis Arce, Fernando Villacampa, Juan Marín, Javier Aguirre, Amadeo Cobas, Luis del Val, Gracia Mosteo, Antón Castro...) hacia la figura del escritor oscense y su opinión acerca de su obra y el humor que destilaba en cada uno de sus rincones.

Asimismo, José Ángel, se refirió a muchos de los cuentos y pequeños relatos de los libros "Gaseosas de papel" y "Yogur griego"(ambos constan de 100 cuentos cortos), haciendo breves referencias a algunos de ellos. También habló de su labor como palabrista nato, tal y como refirió de un artículo de su amigo, el profesor Fernando Villacampa; "Román, mucho antes que escritor había sido un gran hablador. Y un palabrista nato. Un explorador de modismos, un catador de sintagmas, un cazador de palabras". Aquí hiló el conferenciante una celebrada referencia a más de 100 heterónimos que Román había inventado alternado las letras de su nombre y apellido, a las digresiones que ejercía dentro de los propios relatos, y a las frases geniales y refranes cambiados de intención ("neorefranes" fue la referencia que el autor otorgaba a estos), es decir juegos de palabras dentro del mismo refrán derivando su significado hacia un territorio inexplorado y totalmente nuevo cambiando, incluso, el sentido del mismo.

En este punto de la conferencia, la gente comenzó a animarse entre risas y comentarios.
En la parte final, el conferenciante leyó varios cuentos y remarcó la ironía de Román que a veces desembocaba en un sarcasmo incontenido, según el tema a tratar. Se refirió al capítulo concreto de "Las cosas de la guerra" (en el libro "Yogur griego") como ejemplo sarcástico de enorme valor, e incluso se arrancó a cantar el "Guantanamera" en la versión que el propio José Antonio Román hace constar en ese capítulo y que refleja la vergüenza de la prisión de Guantánamo, con su particular apostilla final.

Por último, Monteagudo, hizo referencia a su particular relación con el autor y habló de alguna de sus últimas creaciones, refiriéndose a una de sus preferidas ("Licantroterapia") la cual trata de los efectos de la quimioterapia a la que Román se sometió en su enfermedad y que, a pesar de comentarle lo inefable de explicar esa sensación, escribió este cuento en el que lo relata de forma magistral. El conferenciante terminó con una invitación a leer la obra de Román, a disfrutar plenamente y en conciencia de cada uno de sus relatos y parafraseando el diálogo de una gran película (Casablanca), comentó: "Siempre nos quedará Román. En el recuerdo y en su obra".

Aún hubo tiempo para varias intervenciones de las personas asistentes entre los que se encontraban escritores, amigos, compañeros, y gentes de la cultura en general. Entre todos se entabló un diálogo en el que la figura de Román fue el nexo sobre el que giraron todos los comentarios y recuerdos. Todos los presentes disfrutamos de la brillante exposición y esperamos que se repita la obra teatral que hace referencia a varios cuentos y relatos de Román que el escritor Javier Aguirre lleva en mente. Enhorabuena a Ibercaja Zentrum por este acto sobre uno de los escritores aragoneses más surrealistas de los últimos tiempos, y por ofrecernos su humor irónico y genial.
M.C.

28 dic 2008

SEMBLANZA DE JOSÉ ANTONIO ROMÁN LEDO

José Antonio Román Ledo, nació en Huesca el 19 de Diciembre de 1943 y murió en Zaragoza el 23 de abril de 2007.

Su infancia transcurrió en la capital oscense hasta que, muy joven, se trasladó a Zaragoza. Allí trabajó durante su juventud en una empresa de muebles para, más tarde, hacerlo como visitador médico. Fue gerente del Centro Regional de Oncología y Medicina Preventiva de Aragón y Secretario de la Asociación Española contra el Cáncer (1982-1985).

Tras unas duras oposiciones comienza su labor en la Diputación de Zaragoza. Desde 1986 fue coordinador de Programas Culturales en la Diputación Provincial de Zaragoza, donde también estuvo al frente del Departamento de Protocolo, del de Formación y del de Unión Europea. Fue responsable del Patronato Provincial de Turismo (1996-97) y Secretario del Centro Asociado de la UNED en Calatayud y de su Universidad de Verano (1989-90).

Un gran lector. Su debut como escritor comienza con la publicación de su guía "Moncayo", aunque su labor en la literatura había comenzado mucho antes con la participación en diversos libros colectivos, revistas del ámbito cultural (Poemas, Barataria...), y otras antologías literarias.

SUS PUBLICACIONES Y ACTIVIDADES.

Ha firmado trabajos en los siguientes libros colectivos:

"Las Altas Cinco Villas", Trazo Editorial, Zaragoza, 1987;
"Zaragoza Exclusiva", Edic. Ibergesa, Zaragoza, 1991;
"Zaragoza, provincia abierta", Diputación de Zaragoza, 1991, (reed.1995);
"La Televisión local ante el reto del Cable", Asoc. de la Prensa de Aragón, 1995

Publicado en solitario:

"El Moncayo", Edic. Júcar, Gijón, 1995;
"Tarragona", Ed. Nogara, Zaragoza,1996;
“La serpiente multicolor”, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1999;
“Leyenda del Chupina”, Colección Visiones, Editorial Delsan, Zaragoza,2003;
“Repertorio de engaños”, Huerga&Fierro Editores, Madrid, 2003;
“Gaseosas de Papel”, Libros Certeza, Colección Cantela, Zaragoza, 2004;
“Un francés y el emperador de Haití”, Colección Visiones, Editorial Delsan, Zaragoza 2004;
“Julio Alejandro. Guionista de Luis Buñuel”, Biblioteca Aragonesa de Cultura, Institución Fernando el Católico, 2005;
“La montaña Marina”, Disco–Libro de Monte Solo, Zaragoza, 2005.
“El hombre de la chilaba blanca” (Relato), Criaturas Saturnianas, Zaragoza, 2006;
“Yogur Griego”, Libros Certeza, Colección Cantela, Zaragoza, 2007.

Publicaciones póstumas:

“Ducha Escocesa”, Libros Certeza, Colección Cantela, Zaragoza, 2008. (25 autores amigos se acercan a su figura y a su literatura).
“Micología Aplicada” y “La serpiente multicolor”, Libros Certeza, Colección Redallo, Zaragoza, 2008.
(Reedición de “La serpiente Multicolor”, Premio Isabel de Portugal de narrativa 1998, y publicación de la inédita “Micología aplicada”.

En su bagaje cultural destacan las siguientes referencias: Vocal de la Junta Directiva de la Asociación Aragonesa de Amigos del Libro desde su fundación en el año 1991, Director de la revista literaria BARATARIA (2003–2006), miembro activo de la Asociación Aragonesa de Escritores, Asociación de Funcionarios Santa Isabel de Portugal, fundador y Presidente de Honor de PROCURA (Profesionales de la Cultura de Aragón) y Vicepresidente del proyecto EXPO 2008.

BARATARIA Nº23. Un homenaje a Román Ledo

La revista BARATARIA, de la Asociación Aragonesa de Amigos del libro, rindió un homenaje a José Antonio tras su muerte.

Con fecha de noviembre de 2007, la publicación recogió los trabajos de sus amigos escritores que le dedicaron emotivos artículos en su recuerdo. Muchos de los artículos que editamos a continuación están recogidos de este número de la revista.

27 dic 2008

PÁGINAS DE AMISTAD. Juan Marín.

por Juan Marín (Profesor)

No puedo recordar cómo conocí a José Antonio Román. Teníamos todos veinte años y cada día ocurrían mil cosas, todas distintas, veloces, deslumbradoras. Las personas interesantes surgían, de repente, en cualquier sitio: nos reuníamos mucho en las casas, en Los Espumosos, en el Niké, en la Librería Hesperia, en el paseo, en el cine Elíseos, en las sobremesas y en las madrugadas. Y siempre había alguien nuevo: un pianista de Jazz, un experto en Vivaldi, un periodista pro-Fidel Castro, un rojo borracho, un zumbao, un filólogo, un conde, un director de cine. Y también muchas chicas de Teruel y una pintora que se llamaba Julia y un dominicano pelirrojo. Y mucha gente del PC. Éramos mogollón en un camarote pequeño y desordenado, lleno de discos de música francesa y catalana y con el ruido de fondo constante de una máquina de ciclostil de la que salían volando textos panfletarios o poemas de Neruda. Creo que José Antonio Román apareció por allí a poner un poco de orden. Y ahora caigo en que las primeras veces que lo vi, fue siempre acompañado de Ignacio Prat. Entre los dos había una complicidad envidiable y envidiada. Pero pronto me di cuenta de que era Prat quien necesitaba a Román. Como acabaríamos necesitándole todos los demás poco a poco. Con José Antonio, uno se sentía siempre relajado en medio de aquel vendaval de la Zaragoza de los 60. Éramos frágiles e inseguros y España era un lago de aguas quietas con grandes turbulencias a poca profundidad. Había que sujetarse a alguien cuando el suelo se movía y él estaba siempre ahí, generoso y sabio, amable y sereno. Cariñoso. Amigo.

Pero tengo que aclarar algo, cuando hablo de José Antonio, no estoy hablando de una persona sino de dos. Porque me es imposible pensar en su rostro sin ver el de María Elena, su mujer. Pienso en la voz de él y la escucho mezclada con la risa de ella; voy a darle un abrazo y es a ella a quien noto cerca. Los Román: ellos dos nos han hecho sentir tan felices en tantos momentos, tantos años, a tanta gente...

Reconozco la originalidad de José Antonio como escritor pero he de aclarar que para mí, eso es algo secundario; él ha elaborado metáforas brillantes e inventado palabras muy ingeniosas pero, por encima de todo, escribió páginas de amistad tan intensas y verdaderas que han permanecido en el tiempo –en nuestra vida– como auténticas obras maestras de esa literatura que sólo se publica en la memoria y se guarda en el corazón.

ELEGÍA. Miguel Ángel Marín Uriol


Un rastrojo final ronda la orilla
y el fantasmal abismo de tristeza
en polvo decadente, vence, humilla,
embriaga un crepúsculo. Destreza
no le falta, solemne acuchilla
la imagen del amor, la sutileza.

Agreste hueco exhala, siembra y trilla
mutilado por siempre y la belleza
expiró en tu sonrisa, en tus labios,
tus ojos una lágrima invisible.

Descansaste en paz amigo mío
y, ¿qué valles cantar si funerarios
en Bulbuente su luz es tan sensible
y el Mons Caunus se me hace tan sombrío?

Miguel Ángel Marín Uriol

EL CIELO DE ROMÁN. José Luis Gracia Mosteo

por José Luis Gracia Mosteo (Escritor y Crítico literario)

“No ocurre con frecuencia, pero a veces el crítico se sorprende. Después de décadas leyendo novedades, ha llegado a pensar que es imposible hallar nada nuevo, pero de repente descubre un libro esperando como el arpa la mano becqueriana. Un arpa que, sin embargo, suena a saxo. Son los raros. Ese grupo de escritores inclasificables que nos agitan con una retina que nada tiene que ver con la nuestra. Y es que la experiencia de leer a un raro es como beber de un trago un vaso de tequila: no sabes si vas a acabar cantando o a acabar tumbado. Pasa con Vila-Matas, pasa con Julián Ríos, pasa con Román Ledo. ¿Román Ledo ha dicho? Eso mismo pensé cuando Javier Aguirre me habló de él para incluirlo en la colección Cantela. El libro tenía un título extraño, Gaseosas de Papel, y contaba con cien microrrelatos. No llevaba leídos una veintena, cuando me sumí en la perplejidad. Pero, ¿es posible que haya escritores capaces de hacer relatos a base de palíndromos, anuncios publicitarios, etiquetas de vino y declaraciones de notario? ¿Es posible recrear sin perder la originalidad un episodio de violencia doméstica, resucitar a Sacher-Masoch o recrear al Gregorio Samsa de Franz Kafka? Pues sí. Decía Paul Valéry que “no existe lo inefable, sólo lo inexpresado”, y tiene razón. Román Ledo es la prueba. Por eso en este milenio donde parece que todo está dicho, el hallazgo de nuevas formas de expresión donde la forma retuerce el fondo como la joroba al jorobado (he ahí la introducción de Víctor Hugo a Notre Dame de París), es una experiencia similar a la de contemplar por vez primera una obra cubista. Son autores peligrosos de los que no cabe fiarse por imprevisibles. Autores arriesgados que se la juegan en cada libro. Pero son tan originales que uno no puede evitar quererlos leer. Yo, por ejemplo, jamás le dejaría las llaves del coche a Román. Sin embargo siempre abriría un libro suyo. Siempre querría descubrir lo que hace”, eso escribía hace un par de años en El Monstruo del Espejo.

Ahora Román se ha ido pero su literatura sigue asombrando a quien lo lee, me sigue asombrando, sigue viva. Como su autor. Porque un escritor está vivo mientras hay alguien que lo lee, y José Antonio Román Ledo invita a ser descubierto como una isla ignota pero, sobre todo, invita a ser releído. Es por eso que no imagino a José Antonio lejos, sino cerca, tal que ahí, recostado como un ángel en mi biblioteca, esperando la voz que le diga “levántate y habla”. Por eso José Antonio Román Ledo nunca morirá: por la misma razón que no dejo las llaves del coche al lado de sus libros. Y es que sabe Dios dónde sería capaz de irse para luego podérnoslo contar. Lo mismo al cielo. Y eso sí que no. Que todavía nos quedan muchas charlas. Todavía nos quedan muchos paseos. Aunque, si se va, no creo que sea difícil encontrarlo. Al fin y al cabo, como Ariadna y su hilo, como Pulgarcito y sus miguitas, ha dejado un buen rastro, ha dejado sus libros. Así que lo tiene claro si cree que se va a quedar en la urbanización esa de El Cielo.

ROMÁN, EL PALABRISTA. Fernando Villacampa


por Fernando Villacampa (Profesor)

... Había una biopsia en sus palabras.
(De un poema juvenil de J.A. Román, publicado hacia 1965 en Cuaderna Vía, revista del Aula de Literatura dirigida por Joaquín Mateo).

No buscaba hacer literatura con la vida, sino vida con la literatura (¡y cómo duele hablar de él en pasado!).
O viceversa. Porque en él, literatura y vida se hacían sinónimos. Se refractaban, como en una infinita galería de espejos. Como en una partida de frontón que jugara consigo mismo, él iba de su corazón a sus asuntos, y de sus asuntos a las palabras, y de las palabras a su corazón...

Le gustaba jugar con el desconcierto de sus interlocutores, a los que nos podía parecer que estaba recreando la realidad a partir de la ficción, cuando lo que hacía -casi siempre- era presentarnos en formato de ficción personajes y hechos clonados de la más tangible realidad. El episodio del diluvio de sapos, al que ha hecho referencia en alguno de sus relatos, es rigurosamente histórico. Nos sobrevino a los cuatro viajeros -él, Ignacio Prat, Javier Albiñana y yo-, en alguna carretera de Castellón o de Teruel mientras tratábamos de arrancar con manivela el trallado Dyane 6 de Román, en el que regresábamos, en el verano del 67, de un homenaje a Miguel Hernández en el 25 aniversario de su muerte, en el cementerio de Alicante (homenaje, por supuesto, contundentemente desmantelado por los grises...).

Román fue un escritor tardío, pero un narrador temprano. No hay motivo de sorpresa en lo prolífico de su última etapa. Cuando se decidió a editar, no tuvo que hacer mucho más que recordar y organizar el magma de microrrelatos con los que, en forma oral, nos había ido entreteniendo e ilustrando a los que gozamos de su amistad desde muchos años atrás.
Es decir, que mucho antes que escritor había sido un gran hablador. Y un palabrista nato. Alguien a quien no le vale el primer sinónimo que salta a la lengua. Un explorador de modismos, un catador de sintagmas, un cazador de palabras. Sus armas cinegéticas eran, más que los diccionarios, el hondón de la memoria lingüística y la antena siempre dispuesta a captar la elocución de próximos, ajenos y viandantes en general.
–¿Un cigarrito?
–Gracias, no gasto.
Y sí que gastaba. Pero podía rechazar el ofrecimiento a cambio de darse el gusto de utilizar la 5ª acepción académica del verbo.

Escucharle era un placer igual de fértil, por lo menos, que leerle. Sus palabras eran poliédricas y universales, porque abarcaban el universo, su universo. Contenían el mundo. Lo contenían o lo desbordaban.
Sus palabras, cargadas unas veces de indignación, otras de benevolencia, otras de ternura, otras de ironía, podían ser saetas, mariposas, matasuegras. Palabras de su mundo, en el que nos acogía: Bulbuente, Quimpabám, Calacangrejos, Marilena. Las palabras de la tribu y de la tribuna. Palabras que eran a veces como el pan candeal, como la uva garnacha. Palabras transitivas, palabras para hablar de muchas cosas (compañero del alma...).

Había una biopsia en sus palabras.

EN SALLENT. Amadeo Cobas

por Amadeo Cobas (Escritor)

Yo me enamoré de José Antonio Román Ledo en Sallent de Gállego. Con el sabor del Pirineo aragonés, bajo la mole inaccesible de Peña Foratata, con la mirada nevada y el frío colándose de rondón en las almas.
Aunque suene extraño, fue así. Me enamoré de la personalidad y del cariño de este hombre único.
Ocurrió en Sallent a lo largo de aquellos fines de semana condensados, de arduo trabajo de deliberación, como parte del jurado que éramos, cuando habíamos de determinar el ganador y los finalistas del concurso «Luis del Val» de relatos. Para mí fueron tres años inolvidables. Aunque estoy seguro que la competencia que tenía en mis amores sanos y puros era atroz. Me consta que José Luis Gracia Mosteo y Javier Aguirre, también jurados, habían sentido sus respectivos corazones conquistados por José Antonio. Igual que ahora sienten la flojera que siento yo: la de la ausencia del amigo.
Tenía José Antonio varias vertientes, a cual más interesante, a cual más arrebatadora.
Yo me maravillé por su inventiva, por esa búsqueda a la caza y captura de frases, juegos de palabras, diccionarios a desarrollar, palíndromos y demás. Caí rendido a causa de su ingenio, me sedujo la sorna de un humor aragonés dulce, que rezumaba la miel del bromeo divertido y no dañino.
Yo me dejé mecer por las aguas mansas de esa calma de la que hacía gala, de su prestancia de capitán marino en tierra después de domeñar el temporal, aquietando una conversación que se agita amenazando con turbar la placidez convocada por la simple presencia de José Antonio.
A mí me conquistó su cercanía, amabilidad y desprendimiento.
Por eso echo de menos su sonrisa. Por eso Sallent de Gállego no será nunca igual para mí ni para ninguno de los que tuvimos la suerte de enamorarnos de una persona insustituible. Sin tener culpa, Sallent será un poco más gris cada vez que volvamos allí para deliberar.
Perder a un amigo como José Antonio Román Ledo duele sin tregua.

HASTA SIEMPRE, JOSÉ ANTONIO. José Luis de Arce

por José Luis de Arce (Abogado y articulista)

Me cuesta acostumbrarme a su vacío, pese a que la bruma del tiempo ya lejano me sigue devolviendo su figura flotando entre las nubes grises del recuerdo. Ya no suena su llamada cualquier atardecer para hablar y para discutir sobre el número siguiente de esta revista, que él preparaba y trabajaba con esmero desde hace ya muchos años…

Ya no tengo su quehacer meticuloso, su siempre atinada opinión, su solvente selección de contenidos, sus siempre difíciles descartes de trabajos. Tampoco tengo ya ese toque de atención de última hora en que me reclamaba lo que de mí tenía pendiente.

Por todo eso me cuesta también ponerme ahora a dedicarle unas líneas en la primera Barataria que él no podrá ya ver, ni acariciarla con sus dedos recién salida de la imprenta, con ese tacto suave con que se acarician las cosas que uno quiere, con ese olor de lo reciente, con el orgullo de ver algo tuyo entre tus manos; me cuesta mucho todo esto, José Antonio.

Sabed que José Antonio puso empeño y entusiasmo en sacar adelante Barataria; en cada uno de sus números; se ocupó de su diseño, impuso formato y color, la dotó de ese aire cervantino y quijotesco que tan bien cuadra con su título de ínsula y procuró siempre atender a todos los amigos del libro, poetas, escritores, lectores, premiados y demás gentes que componemos este mundo complejo que teje sus redes, sus intereses y sus cuitas letraheridas en ese ámbito ensoñado de lo literario. Un mundo que le era familiar a José Antonio y por el que transitaba con soltura encarnado en la peculiar figura de su personaje Campasolo.

Mi recuerdo queda ahora anclado en este número de Barataria; junto a mi gratitud a José Antonio por habernos dejado esta colección a la que sin duda alguien, algún día, tributará el homenaje que merece y que José Antonio recogerá desde allá arriba.

*Publicado en la revista Barataria (noviembre 2007).

EL ESCRITOR HUMANISTA. José Ángel Monteagudo

por José Ángel Monteagudo (Escritor)

Con José Antonio Román, se nos va uno de los escritores señeros en el panorama de las letras aragonesas. Parecerá pretencioso, pero quien lo ha leído sabrá el porqué de como hablo. Su dominio del lenguaje, su capacidad de síntesis –que se plasmaba en sus espectaculares y ocurrentes cuentos–, su desmesurada “fantasía real cotidiana” destilada con mordaces y brillantes comentarios, sus destellos irónicos tamizados con ternura entre líneas, su imponente conocimiento del vocabulario, el perfecto dominio de los tiempos en el relato… sería interminable describir su capacidad como escritor. José Antonio tenía amplia cultura -tanto literaria como general-, imaginación, creatividad y capacidad de trabajo, como para haber escrito multitud de nuevas joyas que hubiesen animado –y alegrado– el “muchas veces” aburrido y previsible mercado literario. Ha faltado tiempo, ese tiempo que le arrebató esa mezquina enfermedad a la que siempre ha mirado de frente.
Pero José Antonio era ante todo una gran persona. Una muy buena persona. Amigo de sus amigos, a los que recordaba y quería con mimo -me consta-. Un gran padre, un gran marido, un gran abuelo y un gran, grandísimo escritor, que nunca se jactó de ello, mas bien lo contrario; siempre intentó enseñar y animar a todos aquellos que se encontraban a su lado. Su capacidad cultural, creativa y humana estaba muy por encima de la media; nunca alardeó de ello, nunca intentó dejar a nadie en demérito aun coincidiendo con auténticos “metrequefes literarios” que se autoproclaman escritores y no saben usar el subjuntivo.
Él sí era ESCRITOR, con mayúsculas. Y LECTOR, con mayúsculas, pues a veces olvidamos que el arte de escribir depende sustantivamente de una cultura lectora arraigada y fuerte.
José Antonio descansa en paz, porque vivió en paz e irradió su sentido común allá por donde pasó. Hablaría interminablemente de él porque he hablado interminablemente con él y ahora, amén de haber perdido un padre y un amigo al mismo tiempo, me queda el regusto amargo de no haber seguido disfrutando de infinidad de nuevas charlas, sonrisas, comentarios literarios e intimidades varias, que el destino ha dallado dolorosamente. Pero lo que nunca nos podrá arrebatar el destino son los ecos (como persona) y latidos (permanentes con su obra) de su recuerdo.